San Gregorio el Sinaíta sobre la oración de Jesús

San Gregorio el Sinaíta escribe sobre la
oración de Jesús: “En la mañana siembro
tu semilla”, esto es, la oración, “y en la tarde que no se canse mi mano”, sino
la constancia de la oración, rota por intervalos, puede perder aquella hora en
que se pueda escuchar: “no sabes si esto o aquello prosperará” (Ecc 11,6).
En la mañana sentaos en un taburete de una altura de 20 centímetros y lleva tu
mente a descender desde tu cabeza hacia tu corazón y mantenla allí; inclínate
hacia tu pecho, aunque duela mucho en el pecho, en el cuello o en los hombros,
y sin cesar clama con la mente o el alma: Señor Jesucristo, ten piedad de mí. Y
retened vuestra respiración de algún modo, de manera que no respiréis sin
cuidado
(Sobre el Silencio, 2, Filokalia 4, p. 264). Más adelante señala: Si deseáis ardientemente encontrar y conocer
la verdad, dejad el empeño sólo a la acción del corazón. Éste se debe sustraer
de toda imagen y no debe en ningún caso dejar libertad a la imaginación o dejar
espacio a cualquier imagen de algún santo o luz, porque usualmente las
ilusiones, especialmente al inicio de nuestra labor, engañan las mentes de los
inexpertos con fantasías de este tipo. Esforzaos por tener un corazón activo
sólo en la oración que calienta y alegra la mente, e inflama el alma del
indescriptible amor por Dios y los hombres. Entonces  una observable humildad y contrición
aparecerá desde la oración, porque la oración entre los que se inician es la
acción mental del Espíritu Santo. Esta acción en el inicio es como un fuego que
se enciende en el corazón, pero que al final es como una luz fragante (
Sobre
los signos de la Gracia y los Engaños 2, Filokalia 4, p. 264).  También dice: Algunos enseñan que la oración se tiene que decir vocalmente, otros que
sólo a través de la mente.  Pero yo
recomiendo las dos formas. Algunas veces la mente se encuentra exhausta
diciendo la oración y otra la boca se cansa de ello. Por lo tanto nosotros
debemos orar con ambas, con la boca y con la mente. Siempre debemos llamar al
Señor con calma, sin inquietudes, de tal modo que nuestra voz no distraiga
nuestros sentidos y la atención de la mente e interrumpa, de tal modo, a la
oración. Cuando la mente se acostumbra a este trabajo, va a recibir la fuerza
del Espíritu para orar con vigor  y en
todas las formas. Entonces no habrá necesidad de decir la oración oralmente, e
incluso sería casi imposible. Aquel que ha trabajado en esto será totalmente
satisfecho con la oración mental
(Sobre la oración 2, Filokalia 4, p. 276).
 

Tomás García-Huidobro

Sacerdote Jesuita, Doctor en Teología Bíblica.