Las pasiones y el cuerpo impotente para Pablo

Así como los gentiles pecan sin el conocimiento de la Ley (Rm 1,18-32), el judío lo hace con el conocimiento total de la Ley (7, 7-25), incluso con el deseo de obedecerla. La revelación dada a los gentiles a través de la creación y a los judíos en el Sinaí enseñan verdades morales más que dar vida (Gal 2,21; 3,21).  Para Pablo la Ley es buena (Rm 7,12.14.16.22), pero a pesar que apunta a  la justicia, no puede hacer del esfuerzo del hombre algo útil en el realización de esta (Rm 3,20; 5,13). Para los antiguos los hombres eran meras bestias que complacían sus pasiones humanas. Las pasiones, especialmente las sexuales, también son un tópico importante en Pablo (Rm 13, 13-14; Gal 5,17.19; Col 3,5; 1Tes 4,4-5; 1Cor 6,9). Desde esta premisa, el objetivo del hombre era cultivar lo distintivamente humano: el intelecto. Los estoicos creían que la razón podía dominar las pasiones, lo mismo que los judíos helenistas creían que la razón informada por la Ley podía lograr lo mismo.  En otras palabras, para los judíos la ley podría proteger al hombre de las impulsos del mal (4Mac 1, 1.9). El hombre, como el judío, nació con impulsos malos (Abot R.Nat 16A; 30, 63B; Pesiq. Rab. Kah. Supe 3,2; ExR 46,4; bSanh 91b; GnR 34,10), de allí que se vea obligado a guardar la Tora desde los 13 años (M.Ab 5,21; GnR 63,10). Para Pablo, sin embargo, el ideal no es el dominio de las pasiones, incluso habla de ellas en términos positivos en Flp 1,23 y 1Tes 2,17. Tampoco Pablo se opondría al deseo sexual en el matrimonio (1Cor 7,9) o en las comidas (Rm 14,2-3.6; 1Cor 9,4; Col 2, 16). Es cosa de recordar el mandato divino de multiplicarse. En ese sentido estaría de acuerdo con los rabinos. Lo distintivo de Pablo se encuentra en que los deseos, creados para el bien del hombre, siempre que se conduzca por el bien moral, devienen en dictadores de las personas, y estas se encuentran impotentes ante tal fuerza: en mis miembros descubro otra ley que lucha con la ley de la razón y me hace prisionero de la ley del pecado que habita en mis miembros.  ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de esta condición mortal? ¡Gracias a Dios por Jesucristo Señor nuestro!    En resumen, con la razón yo sirvo a la ley de Dios, con mis bajos instintos a la ley del pecado (Rm 7,23-25). La mente quiere hacer lo correcto, pero no tiene las fuerzas para realizarlo porque el cuerpo se mueve en otra dirección. De ahí que Pablo hable del cuerpo de pecado (Rm 6,6); de los deseos de cuerpo mortal [o destinado a la muerte] (Rm 6,12); la pasiones de pecado trabajando en nuestros miembros corporales (7,5); el cuerpo de esta muerte (7,24)etc. El único conocimiento que puede liberar al hombre es el de las buenas noticias (Rm 1, 16-17; 10,14-17). El don de la justicia es inseparable de la nueva creación en Cristo (Rm 5, 12-6,11). Cristo provee de una nueva referencia, no el pecado, sino el don de la justicia de Dios en Cristo. El cuerpo, guiado por una mente renovada (Rm 12,2-3) puede ser utilizado para el bien (12, 1; 6,13), lo mismo que puede ser conducido bajo otras circunstancia para el pecado  (Rm 1,24; 6,12 -13; 7,24). Para más detalles: The mind of the Spirit, pos 4094-5107

Tomás García-Huidobro

Sacerdote Jesuita, Doctor en Teología Bíblica.