Experiencias religiosas y conflictos en el cuarto evangelio (III)

Los viajes celestiales son experiencias religiosas de trance. Como experiencias religiosas se caracteriza por acontencer en una situación o momento que se sitúa fuera de la percepción ordinaria y en la que el sujeto entra en contacto con dimensiones nuevas de la realidad percibidas bajo la forma de profundidad o totalidad . Este encuentro con lo divino puede significar la ampliación de las fronteras del conocimiento del individuo, quien puede, eventualmente, trascender la dualidad sujeto-objeto, sintiéndose de alguna manera identificado con la realidad que se le presenta y padeciendo una conmoción afectiva intensa, que se manifiesta en sentimientos de paz, sobrecogimiento, terror, gozo o admiración . También este encuentro se puede dar en el contexto de la necesidad del hombre de acceder a un poder externo para hacer frente a distintas desgracias como enfermedades y otras dolencias físicas, y a las incertidumbres del destino. En la práctica, la experiencia religiosa adopta múltiples manifestaciones y diferente intensidad: desde la presencia de Dios experimentada en la tranquilidad de la oración hasta distintas formas de glosolalia, desde el silencio sobrecogedor hasta visiones celestiales de muchos tipos, experiencias extáticas, sanaciones de diversa naturaleza, rituales como los de excomunión, paso, transformación, etc. En todas estas ocaciones la experiencia religiosa toca lo más distintivo de la experiencia humana y de la divina (según como sea definida por el individuo y su grupo inmediato); lo más personal (ya desde la dimensión neurobiológica) y la más comunitaria (a través de ritos y simbolos que expresan las creencias y valores del grupo al que pertenece el sujeto).

El viaje celestial es una experiencia religiosa que se da en un estado de trance. El trance es un Estado Alterado de Conciencia (EAC) que se presenta como una situación disociada, ya sea de manera total o parcial, en la que los actos y el contenido del pensamiento escapan a la voluntad del sujeto y va acompañada por condiciones hipnóticas en las que se dan visiones extáticas o alucinaciones, cuyo contenido no siempre es del todo claro (Penguin Dictionary of Psychology ).Walsh (Walsh, Roger, “Phenomenological Mapping and Comparisons of Shamanic, Buddhist, Yogic and Schizophrenic Experiencies”, Journal of American Academy of Religion, 4, (1993),LXI, p. 745. ) completa esta definición al señalar que la característica fundamental de estos trances consiste en que la atención está intensamente focalizada, lo que reduce la conciencia respecto a la experiencia del entorno, esto es, de los objetos, los estímulos sensoriales o el ambiente, que se encuentran fuera del centro de atención. El objeto tan intensamente observado puede ser externo o interno. Existiría, además, una relación virtuosa entre lo contemplado por el vidente y las creencias y valores del grupo al que pertenece. J. Pilch lo explica en los siguientes términos: la relación entre las creencias y la visión o el sueño es circular. Lo que el vidente cree es lo que va a ver o soñar y lo visto o soñado es lo que el vidente va a creer (Pilch, J., “The Transfiguration of Jesus” , p. 56). En la antigüedad prácticas como la adivinación , la visita a los oráculos , la magia , los misterios , y muchas otras podían ser experiencias religiosas de trance. Algunas prácticas ayudan a entrar en trance. Es el caso de los ayunos prolongados, la falta de sueño, algunas posturas corporales y ejercicios intensos, el miedo o la tensión, la ingestión o administración de algunos agentes bioquímicos como esencias aromáticas, drogas e inciensos . Estos y otros elementos concurren en la práctica misma del trance, que se produce a veces por medio de la voz de un hipnotizador, al centrarse en la escucha del latido del corazón, con el canturreo de estribillos o cantinelas, la observación de manera prolongada de un objeto que gira, el ritual del médium, el batir reiterado de un tambor o maraca, ciertas danzas etc. Nada tiene de extraño que en todo lugar y tiempo este tipo de prácticas se hayan asociado a procedimientos para alcanzar el trance.

Los viajes celestiales se pueden definir como una experiencia religiosa de trance en la cual un aspecto del ser humano, sea el alma, el espíritu o las capacidades perceptivas, experimenta un viaje o se proyecta a otro lugar, generalmente a un mundo espiritual. Esta vivencia comporta un momento de gran intensidad afectiva y cognitiva de encuentro con lo trascendente en una situación de trance, imágenes visuales y una percepción sensible de los lugares espirituales ya sean los infiernos, el cielo, el paraíso o lugares terrestres lejanos. En esta experiencia los elementos neurobiológicos se coordinan de manera exquísita con los elementos sociales expresados en rituales y valores sociales. Existe una literatura considerable respecto a estas prácticas. En la antigüedad tenemos la liturgia del culto persa a Mitra (PGM 4. 475-829); Plutarco en De la tardanza de la divinidad en castigar 22, D, ; Cicerón en Sobre la República (libro VI, 9s: El sueño de Escipión). La literatura judía, a través de varios generos literarios, y hasta el siglo XIX, también ha dado fe de los viajes celestiales. Los testimonios más tempranos los encontramos en la literatura apocalíptica del período del segundo templo. Textos bíblicos como Isaías 6 y Ezekiel 1 estarían a la base de esta literatura. Textos como el Libro de los vigilantes, el Testamento de Leví, Cánticos del sacrificio sabático, Apocalipsis de Abraham, Testamento de Abraham, Apocalipsis de Sefonías, la literatura de Hejalot muestran hasta qué punto los viajes celestiales eran una temática teológica y práctica importante en el judaísmo del segundo templo y en el judaísmo rabínico. En la temprana literatura cristiana tenemos los casos de 2Cor 12,1-6; Mc 9, 2-10 (con sus paralelos sinópticos Lc 9,28-36 y Mt 17,1-9); Ap 4,1-22,5; la Ascención de Isaías, el Evangelio de Tomás, el Evangelio del Salvador y el Evangelio de María,Libro secreto de Santiago y las Odas de Salomón. En la temprana literatura gnóstica encontramos ejemplos en el Apocalipsis de Pablo (NHC V,2: 17, 19-24,9), Allogenes, Marsenes, Evangelio de Judas, etc. En general hay muchos otros ejemplos que permiten ilustrar la importancia de los viajes celestiales, sólo por nombrar algunos: 2Enoc, 3Baruc, el Apocalipsis de Esdras, el Apocalipsis de la Virgen María, La historia de Zósimo, el Apocalipsis de la Santa Madre de Dios, el Apocalipsis de Santiago, Los misterios de San Juan el Apóstol y de la Santa Virgen, El libro de la Resurrección, el Apocalipsis de Sedrac, la Paráfrasis de Sem, Zostriano, y los Dos libros de Ieu.

Esta visión a vuelo de pájaro nos permite entender la importancia de los viajes celestiales, no sólo como literatura, en el período formátivo del cristianismo. Este es el contexto adecuado desde donde el cuarto evangelio declara que nadie ha subido a los cielos, sino sólo el que ha descendido de los cielos, el Hijo del Hombre (Jn 3,13). Ahora bien, en este punto estarían de acuerdo muchos exégetas. Lo que tenemos que hacer ahora es tratar de imaginar desde dónde la comunidad joánica se niega a los viajes celestiales. En otras palabras, desde qué experiencia religiosa (siempre en relación con las creencias) la comunidad está diciendo «no» a los viajes celestiales.

Tomás García-Huidobro

Sacerdote Jesuita, Doctor en Teología Bíblica.